Hay hombres que cuando se van, no se van del todo. Quedan en las calles que transformaron, en los pleitos que dieron y en la huella que dejaron marcada a pulso. Mauricio Fernández era uno de esos. Se le puede decir político, empresario, coleccionista, fósil-hunter, disruptivo, panista de cepa pero con camaradas de todos los colores. A final de cuentas, era un personaje que solo podía nacer y vivir en San Pedro.
Dicen que enfrentó la muerte como enfrentó la vida: de frente, con disciplina, con carácter, pero también con esa calma de quien sabe que ya lo bailado nadie se lo quita. Cuando en marzo anunció a los suyos que el cáncer había regresado, no se tiró al drama ni se escondió. Al contrario, se aferró a la chamba, a los proyectos, al ritmo frenético que siempre lo acompañó.
Algunos lo definieron ayer con palabras grandotas: excepcional, visionario, polémico, singular, admirable… y sí, todo eso. Pero la gente de a pie lo recuerda también por esa cercanía rara en un político de alto calibre: un hombre de carácter duro, sí, pero accesible, con esa manera directa de hablar que muchos agradecían aunque a otros les incomodara.
Cuando vio que la quimioterapia lo dejaba sin fuerzas para seguir trabajando, optó por dejarla a un lado. No quiso ser rehén de un hospital ni de un tratamiento que lo atara a la cama. Eligió la inmunoterapia, luego la abandonó también, y en sus propias palabras, dejó todo “a la buena de Dios”. Así era: férreo en las decisiones, incluso en las más duras.
Mientras tuvo aire en los pulmones y fuerzas en el cuerpo, aceleró el paso. Proyectos, museos, interconexiones, instrucciones claras para su equipo… como quien sabe que el reloj se le agota y aún quiere dejar la casa en orden. Lamentablemente no alcanzó a dar ese Informe que tanto esperaba entregar el 30 de septiembre.
San Pedro despide a un alcalde cuatro veces electo, a un hombre que supo blindar al municipio en tiempos oscuros del narco, a un coleccionista apasionado, a un hallador de tesoros fósiles, a un político de esos que ya no abundan.
El “Tío Mau” se va, pero deja un legado que ni la muerte podrá borrar. Descansa en paz, Mauricio Fernández.